En este escrito revisaremos dos formas que toma la “falta” para el individuo, a saber, la pérdida y el duelo. El objetivo de proponer la diferencia entre ambas nociones implica considerar que el procesamiento y la integración de la experiencia de la “falta” no está garantizada y, por otra parte, que el lazo con otros colabora en la posibilidad de proyectar una solución, alivio o un futuro posible a pesar de la aflicción que puede generar una pérdida

Según el sexto informe del proyecto “Vida en Pandemia” (2021)1, se ha presentado una evidente crisis de la salud mental no sólo debido a las cuarentenas que se han implementado como medidas sanitarias, sino que además por la extendida fragilidad económica que se ha venido acentuando y por la insuficiente respuesta que el gobierno les ha brindado a las familias que han sido afectadas por la pandemia. 

De acuerdo al estudio, un 47% de los encuestados considera que su salud mental ha empeorado producto de la incertidumbre económica que ha provocado el confinamiento, independiente del nivel de ingreso que hayan tenido previamente. Un 32% señala que se ha sentido muy desanimado(a) o desanimado(a) y, los mayores de 50 años experimentan desánimo en menor medida (25%) que los estratos más jóvenes (35%).  

Las personas que presentan mayores dificultades para pagar ítems como artículos básicos, medicamentos y alguna mensualidad en el colegio, son las que manifiestan un mayor compromiso de su bienestar psicológico. También se ha visto un empeoramiento del ánimo en aquellos que han tenido que trabajar desde el hogar (27%) a diferencia de quienes han estado asistiendo presencialmente a su lugar de trabajo (14%).  

Cabe agregar que casi el 80% de los encuestados que han perdido su fuente laboral ha sido producto del COVID-19. Asimismo, aquellos que han estado trabajando desde sus domicilios, se han visto expuestos a un mayor estrés como resultado de verse involucrados en conflictos interpersonales a nivel familiar. Las mujeres trabajadoras han estado sufriendo un mayor deterioro anímico asociado al cumplimiento simultáneo de labores domésticas y de participación en las actividades escolares de sus hijos. 

De este modo, tenemos que la inseguridad laboral y económica, las dificultades para costear suministros básicos, la incertidumbre con respecto de que el panorama actual pueda cambiar, y la sobrecarga en el hogar, repercute directamente en el malestar que están experimentando las familias afectadas.  

No sólo el fallecimiento de un ser querido corresponde a una pérdida para un individuo determinado, ni menos que ésta sea por sí misma un proceso de duelo. Para que una pérdida pueda devenir en un duelo, se necesita que exista a la base un “trabajo psíquico”, es decir, una elaboración o tramitación de las emociones a través de procesos de pensamiento, lo cual le permita progresivamente al sujeto relacionarse con esa “falta” de un modo diferente, no apelando a una mera sustitución de “lo perdido” ni a una negación de su ocurrencia (si bien ambas opciones podrían suceder). En consecuencia, el duelo implica un fenómeno que transcurre paso a paso, en que el vacío coagulado que deja “lo perdido” logra transformarse en un espacio de circulación en que lo nuevo puede tener cabida. Este trabajo psíquico consiste en poder pensar y sentir con un otro lo perdido para hacer el duelo o el trabajo del duelo. 

Es en ese sentido que el duelo no se reduce a la elaboración de la pérdida de alguien significativo (ya sea por muerte o quiebre de un vínculo interpersonal), sino que también abarca otros ámbitos de la vida: un ideal que orienta el sentido de la vida; expectativas, proyectos o anhelos; estatus socioeconómico; contexto laboral; certidumbre con respecto al futuro; rutinas o actividades cotidianas; etc. Por otro lado, la duración y el modo en que cada sujeto experimente este proceso es estrictamente particular, presentándose diferencias entre géneros, edades, comunidades, familias e incluso sujetos. 

Según el artículo “Duelo y pérdida” (2003), el duelo incluye diversos síntomas característicos: emocionales (ira, ansiedad, culpa, tristeza, etc.); del pensamiento (confusión, dificultad para la atención y concentración, preocupación, etc.); conductuales (irritabilidad, llanto fácil, pérdida de interés en la realización de actividades agradables, dificultades para conciliar y mantener el sueño, etc.); y físicos (mareos, dolores de cabeza, alteración del apetito y del peso, etc.). En los casos más graves, pueden aparecer síntomas de orden psicótico (delirios y alucinaciones), autolesiones, agresiones, ideación y planificación suicida. 

Teniendo en cuenta que la sintomatología que emerge en cada persona o grupo se caracteriza por ser particular, se hace necesario contar con la ayuda de un equipo de salud mental multidisciplinario en caso de que el bienestar psicoemocional se encuentre comprometido. El diálogo y el lazo que surge en un espacio psicoterapéutico es el vehículo que conduce a los pacientes a identificar los conflictos que padecen y a transformar el desborde afectivo en un curso pensable y tolerable. 

En síntesis, se invita a participar de un tratamiento psicológico a quienes presenten algunos de los síntomas que revisamos anteriormente ya que la palabra es el vehículo que le permite a una persona experimentar alivio y delimitar su propio dolor. Además de obtener conciencia de la propia historia y de los motivos que determinan su aflicción, quien participa de un proceso psicoterapéutico también será capaz de aclarar su mente, de tomar decisiones que sean consistentes con lo que realmente quiere y, en consecuencia, de recobrar un “nuevo sentido” para sí mismo y sus cercanos. 

Autores:  

Equipo Salud Mental Adulto y Familia

Fuentes: 

Palma, I., Duarte, F., Aceituno, R., Martin, M., Morales, C., Arensburg, S., y Adaros, C. (2021). “Incertidumbre económica y crisis del estado del ánimo al vivir en pandemia”, en Vida en Pandemia, 6, 5-18. Recuperado el 18 de mayo de 2021. Disponible en: http://vidaenpandemia.cl/wp-content/uploads/2021/02/SEXTO-INFORME-DE-VIDAENPANDEMIA-INCERTIDUMBRE-ECONOMICA-Y-CRISIS-DEL-ESTADO-DE-ANIMO-AL-VIVIR-EN-PANDEMIA.pdf     

Vargas, R. (2003). Duelo y pérdida. Medicina Legal de Costa Rica, 20(2), 47-52. Recuperado el 19 de mayo de 2021, 2021. Disponible en http://www.scielo.sa.cr/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1409-00152003000200005&lng=en&tlng=es.