¿Es realmente más dura la vida hoy? La trampa de la nostalgia

A veces me pregunto si no estaremos viviendo una de las mayores trampas de la mente humana: la idealización del pasado.

Miramos hacia atrás y vemos un mundo más lento, más simple, más “auténtico”. Y comparamos esa imagen con nuestro presente lleno de ansiedad, prisas y vacío. De ahí surge la pregunta casi inevitable: ¿la vida era realmente más fácil antes, o solo la recordamos con filtros?

La historia, cuando se mira sin nostalgia, cuenta otra cosa.

Durante miles de años, la mayor parte de la humanidad vivió bajo una amenaza constante de muerte temprana. El miedo a la mala cosecha no era una preocupación económica: era la diferencia entre sobrevivir el invierno o morir de hambre con toda la familia. La vida era corta, mediada por enfermedades incurables, y cargada de miedos atávicos: ¿existiré en paz con Dios? ¿Habré vivido correctamente?

Hoy esos terrores han cambiado de rostro, pero no han desaparecido. Lo que antes era el miedo a la mala cosecha, hoy es el precio de la vivienda que parece alejarse cada año. Lo que antes era la urgencia de una vida breve y frágil, hoy es la angustia del ego, la imagen corporal, la comparación constante y la pregunta que ya no se responde en iglesias sino en noches de insomnio: ¿existirá Dios? ¿Qué sentido tiene todo esto? Y una nueva inquietud que casi nadie tenía antes: ¿cómo será mi vida a los 90 años, cuando prácticamente nadie llegaba a esa edad?

El sufrimiento no ha disminuido. Ha mutado.

Ya no nos mata la peste o el hambre, pero nos enferma la fragmentación, la soledad digital, la presión por ser alguien, por lucir de cierta forma y por construir una vida que parezca significativa antes de que se acabe el tiempo. Vivimos más años, pero con más miedo a vivirlos mal.

Y sin embargo, la vida sigue su curso con sus maravillas y sus terrores. Siempre lo ha hecho.

Quizás el camino no sea huir de las dificultades ni idealizar el pasado, sino trabajar juntos las dificultades de la vida para poder apreciar verdaderamente su mejor lado.

Porque es en la fricción donde aparece la profundidad. Es al atravesar la ansiedad, la incertidumbre y la pérdida que también descubrimos la capacidad de amar más conscientemente, de estar presentes, de sentir gratitud real y de encontrar belleza en lo ordinario.

El ser humano no está hecho para una vida sin fricción. Está hecho para encontrar dignidad, conexión y sentido dentro de ella.

Desde tiempos inmemoriales buscamos descifrar el origen de nuestro malestar. Navegamos a tientas entre porqués existenciales sobre aquello que jamás hemos controlado ni comprendido del todo. Somos, ante todo, animales sedientos de sentido.

La mitología griega lo advirtió con crudeza a través de Pandora: se le entregó un cofre que no debía abrir. Su curiosidad fue castigada con una lección que aún nos persigue. Como si los misterios de la existencia no fueran ya suficientes, se nos advierte que hurgar en ellos puede liberar fuerzas que no podremos contener.

Al abrirlo escaparon todos los males conocidos: la enfermedad, la guerra, el hambre, el desamor, el duelo. Y cuando logró cerrarlo, solo quedó, la temblorosa esperanza.

Ahora, si nos vamos hacia notas musicales más esperanzadoras, descubrimos que la ópera de la vida también es rica en creatividad y sueños. Somos capaces de gestas épicas por el bienestar de otros.

Nunca en nuestra historia había habido tantas iniciativas simultáneas contra el hambre, la falta de vivienda, el acceso al agua, la discriminación, el machismo y las violencias de todo tipo. Nunca antes una parte tan significativa de la humanidad se había propuesto dejar de segregar a las personas con discapacidad. Asistimos a los cambios éticos e integradores más grandes jamás vistos.

Sin embargo, como siempre, queremos más. Lo que por la mañana fue una revolución, al mediodía ya se normaliza y por la noche ya parece desactualizado. Parecemos condenados a vivir en un eterno presente, donde siempre hay algo que esperar, algo que ya se siente viejo, algo que urge superar. Se ha vuelto casi una excepción valorar el logro en su justo momento, sin arrojarlo inmediatamente a la bodega de lo superado.

Y aun así, quizás ahí radica lo valioso: nunca parecemos rendirnos ante nuestros males. Siempre encontramos una vía para combatirlos. Somos una especie de anticuerpo colectivo que, ante cada dificultad, busca incansablemente cómo responder.

Entre victorias y derrotas, avanzamos. Ganamos batallas, empatamos en guerras largas contra el cáncer, el suicidio, las pandemias, los accidentes de transito, la depresión y la ansiedad. A veces perdemos de forma estrepitosa, pero somos virtuosamente porfiados. Terca, obstinada y admirablemente persistentes.

Toda esta larguísima reflexión que espero hayas tenido la paciencia de leer también la respalda la neurociencia. Se ha estudiado que nuestro cerebro está diseñado para tejer un relato del pasado que suavice nuestras contradicciones más profundas, que atenúe los recuerdos de nuestras largas tribulaciones y construya una retrospectiva más amable y contenedora. Esta tendencia, conocida como “Rosy Retrospection”, funciona como un mecanismo de protección: reduce el peso emocional del dolor pasado para hacer más llevadero el sufrimiento del presente. Como señala un estudio clásico: “Las personas tienden a recordar eventos pasados de manera más positiva de lo que realmente los experimentaron en su momento” (Mitchell et al., 1997).

Y dentro de nuestra infinita porfía, buscamos incansablemente apoyos morales y físicos que nos sostengan. A lo largo de toda nuestra larga historia, la vida no ha sido ni más fácil ni más difícil que hoy: simplemente ha sido vida.

Y dentro de nuestra infinita porfía, buscamos incansablemente apoyos morales y físicos que nos sostengan. A lo largo de toda nuestra larga historia, la vida no ha sido ni más fácil ni más difícil que hoy: simplemente ha sido vida.
No estamos desprovistos. Buscamos rituales que nos sostengan: un chocolate, un café que nos arme de valor cada mañana. Damos caminatas para procesar lo que nos duele, nos unimos a otros para reclamar, para crear, para coleccionar memorias. Nos reunimos para conversar con nuestros dioses y despertamos a nuestros muertos cada primero de noviembre.

Quizás uno de nuestros males modernos —y que nos ancla a la idea de que el pasado siempre es un paraíso perdido— es que hemos olvidado la potencia de nuestras propias herramientas. Las hemos abandonado en parte para seguir hilos conductores de marketing que prometen una satisfacción luminosa, amplia, de brillo estético impecable. Como todo sueño de placer, esa satisfacción resulta resbalosa y esquiva.

No somos la primera era que evade la realidad. El opio, el láudano, el éter, el alcohol, los hongos y los cactus han acompañado al ser humano desde siempre, transportándonos a universos paralelos para trascender el cansador cuerpo físico y la monotonía de los ritos cotidianos. Ni el mensajero de un emperador ni el atribulado profesional millennial o zeta se salvó de esa necesidad.

La diferencia es que hoy quizá hemos perdido la capacidad de entender por qué lo hacemos. Ya no sabemos qué necesidad profunda del alma busca alivio cuando nos ponemos audífonos en formas alcaloides etílicas o espirituales, cuando bajamos el volumen del mundo o pausamos la interminable transferencia de terabytes del mundo a nuestra antigua caja de música que llamamos cerebro.

El rito ya no es rito: se ha convertido en mera distracción. Nos miramos al reflejo preguntándonos quién es ese extraño mono que nos devuelve la mirada, sin entender la antigua necesidad que nos impulsa a escapar, aunque sea por un rato, de esta realidad que se nos escapa entre las manos.

Buda decía, hacíamos de todo para evitar el sufrimiento, sin embargo el sufrimiento sigue alli imperturbable. es entonces quizás nuestro enfoque del dolor lo errado, haber transformado los rituales en analgésicos y no en procesos, ya no en la lógica del pienso luego existo sino en existo pero no quiero pensar

El malestar que experimentamos en ciertos momentos de la vida no significa, en modo alguno, que seamos incapaces de vivir períodos de alegría, realización o proyectos cumplidos. Tampoco implica que no podamos vincularnos con otros para construir algo valioso, desarrollar relaciones sanas o crear una existencia con sentido y trascendencia.

Desde la psicología integrativa creemos en la capacidad de cada ser humano para fortalecer su yo y desarrollar recursos que le permitan no quedar atrapado únicamente por su inconsciente o por las condiciones psicosociales que lo rodean. Esta capacidad es inherente a toda persona, independientemente de su historia o circunstancias.

Quizás el desafío consiste en no negar ni esconder, detrás de los algoritmos o de los discursos simplificadores, una realidad fundamental: existen períodos de sufrimiento. Hay momentos en que nos sentimos atrapados en espacios densos, rodeados de puertas que parecen no conducir a ningún lugar.

La tarea de la psicoterapia no es eliminar esa realidad, sino acompañar a las personas a comprender que el sufrimiento forma parte de la vida, pero no constituye toda la vida. También consiste en ayudar a resistir, resignificar las heridas y evitar la conformidad con la idea de que habitamos un mundo únicamente oscuro e inhabitable.

La experiencia humana contiene tanto cielo como infierno. Ambos son reales y ambos forman parte de nuestro tránsito. Desde tiempos remotos hemos atravesado túneles y también hemos encontrado playas cálidas. La invitación es descubrir qué podemos aprender de cada experiencia para caminar con la certeza de que seguimos avanzando, y que no estamos destinados a permanecer para siempre  en algunos tugurios y malos barrios en los que sin poder evitarlo transitamos a veces.

¿Buscas apoyo profesional? Agenda una consulta en EnMente →