Introducción: relaciones intermitentes

Las relaciones intermitentes se caracterizan por el patrón: «Terminamos, volvemos, terminamos otra vez». Quien vive una relación intermitente suele hacerse una pregunta difícil: si esto fuera amor de verdad, ¿por qué no logramos sostenerlo? Y su contraria, igual de dolorosa: si no hubiera vínculo, ¿por qué no podemos soltarnos?

En la consulta de pareja es común encontrar esta encrucijada. Hay quienes sienten que su relación «no existe» porque nunca termina de ser estable. Otros creen que, si se eligen una y otra vez, el vínculo tiene que ser indestructible. Ambas lecturas son comprensibles, pero ninguna se sostiene del todo frente a la evidencia.

Este artículo responde a la pregunta del título: ¿qué dice la evidencia respecto del vínculo en las relaciones intermitentes?:

Revisamos qué las define, qué muestra la investigación de los últimos cinco años sobre su efecto en la salud mental, por qué tantas parejas regresan y cómo distinguir un ciclo trabajable de un patrón que daña. Las cifras provienen de estudios revisados por pares, citados al final en formato APA 7.

En resumen

- Respuesta corta: la evidencia no sostiene que estas relaciones carezcan de vínculo. Lo que describe es inestabilidad, ambigüedad y estrés.

- Es frecuente: cerca de dos tercios de los adultos han vivido una (Dailey et al., 2026).

- Se asocia a más estrés y malestar: más estrés relacional, ansiedad y depresión, que tienden a acumularse con cada ciclo.

- Asociación no es causalidad: los estudios son sobre todo correlacionales.

- Si hay violencia, la prioridad es la seguridad, no la reconciliación.

¿Qué son las relaciones intermitentes?

Las relaciones intermitentes se caracterizan por terminar y se reanudar al menos una vez la relación. En la literatura científica aparece como relationship cycling o churning (Dailey et al., 2026; Halpern-Meekin & Turney, 2023). En el habla cotidiana: «idas y vueltas», «on-off» o «terminar y volver».

No cualquier distancia cuenta. Una pausa acordada, con reglas y fecha de revisión, es distinta de una ruptura real seguida de un regreso.

¿Qué tan común es?

Las relaciones intermitentes suelen ser más comunes de lo que se piensa. Según la revisión de Dailey et al. (2026), cerca de dos tercios de los adultos han vivido alguna vez una relación cíclica, y lo habitual son dos o tres reanudaciones. En una muestra de 545 personas con pareja, aproximadamente un tercio (34 %) informó al menos un ciclo (Monk, Ogolsky, et al., 2022). En un estudio con 3.176 madres de ciudades estadounidenses, el 16,2 % estaba en una relación intermitente (Halpern-Meekin & Turney, 2023). Las cifras cambian según la muestra y cómo se defina la ruptura, pero el mensaje es claro: si estás en una relación así, no eres un caso raro.

¿Qué dice la evidencia sobre el vínculo?

Una relación intermitente suele nacer el dolor: «si no logramos estar bien juntos, quizá nunca hubo nada». Los estudios revisados no miden el vínculo directamente, pero permiten una lectura distinta: en una relación intermitente hay un vínculo que no encuentra estabilidad ni seguridad.

Hay al menos tres razones para plantearlo.

1. La ruptura duele. La investigación conceptualiza la disolución de una pareja, entre otras formas, como un evento angustiante (Machia et al., 2023), y quienes viven ciclos reportan más malestar a lo largo del tiempo (Monk, Ogolsky, et al., 2022). Sin apego sería difícil explicar tanto el malestar al separarse como el impulso a reencontrarse. Es una inferencia razonable, no un dato medido: el propio vaivén sugiere que el otro importa.

2. Vínculo y seguridad no son lo mismo. Desde la teoría del apego, base de modelos como la Terapia Focalizada en las Emociones (EFT), una persona puede estar muy apegada a su pareja y, a la vez, no sentirla un lugar seguro. Cuando la cercanía se vive como incertidumbre, aparecen la protesta, el retiro y la reconciliación intensa. Esta es una lectura clínica, no un hallazgo de los estudios citados aquí.

3. El problema es la ambigüedad. Halpern-Meekin y Turney (2023) plantean que estas relaciones crean un estado intermedio: quienes están en ellas ni se asientan con confianza en la unión ni quedan libres para seguir adelante. Esa zona gris, ni juntos ni separados, puede desgastar más que cualquiera de los dos extremos.

Una precaución honesta: la intermitencia, por sí sola, no prueba que exista un vínculo profundo. A veces refleja ambivalencia, miedo a la soledad o inercia. El patrón describe cómo se sostiene la relación, no cuánto se quieren. Para saberlo hay que mirar qué ocurre en cada reconciliación.

Por qué tantas parejas vuelven

Respecto de una relación intermitente, la investigación reciente aporta una pista incómoda: a menudo volvemos sin haber resuelto lo que nos separó. Dailey et al. (2026) proponen, desde las teorías del estrés y de la turbulencia relacional, que la incertidumbre y las fluctuaciones del estatus de la pareja pueden generar una sensación continua de turbulencia, con interpretaciones más sesgadas, emociones más intensas e interacciones más difíciles. Según ese modelo, cada reanudación parte con los mismos asuntos pendientes y un desgaste adicional.

En la práctica clínica, los motivos de regreso más frecuentes son otros, y conviene nombrarlos:

- Alivio e intensidad: el reencuentro trae una emoción que se confunde con solución.

- Miedo a la soledad o al duelo: volver evita enfrentar la pérdida.

- Esperanza de cambio: se confía en que «esta vez será distinto», sin acuerdos concretos.

- Vidas entrelazadas: hijos, amistades, vivienda o finanzas compartidas dificultan una separación limpia.

Ninguno es «malo» en sí mismo. El riesgo aparece cuando se vuelve desde el alivio y no desde una conversación que cambie algo. Estos motivos provienen de la observación clínica y no de los estudios citados.

Qué dice la ciencia sobre salud mental

Respeto de las relacione intermitentes, cuatro estudios de los últimos cinco años dibujan un cuadro bastante consistente, con un matiz importante.

Más malestar, y sostenido. Monk, Ogolsky, et al. (2022) siguieron durante 15 meses a 545 personas. Quienes habían terminado y vuelto con más frecuencia reportaban más malestar psicológico al inicio y un mayor aumento a lo largo de las mediciones. La asociación se mantuvo al controlar por violencia e incertidumbre en la relación. El efecto no se limitaba al momento de la ruptura.

Un impacto comparable al de separarse. Halpern-Meekin y Turney (2023) analizaron cinco oleadas de datos de 3.176 madres. Quienes estaban en relaciones intermitentes tenían peor salud mental que las de relaciones estables, con diferencias que persistían cuatro años, y similar a la de quienes habían terminado su relación. A los cinco años, el 24,5 % de las madres en relaciones intermitentes reportaba depresión, frente al 12,3 % de las de relaciones estables. Los autores sugieren que lo decisivo sería la inestabilidad, más que el cambio de pareja.

El estrés relacional como mecanismo. Dailey et al. (2026) analizaron cuatro muestras (de 99 a 383 personas). En todas encontraron que las parejas cíclicas reportaban más estrés relacional, y que más ciclos se asociaban con más estrés. Los conflictos poco efectivos y la comunicación agresiva se combinaban con el ciclado para elevarlo. Ese estrés se vinculaba con más síntomas psicológicos y físicos, aunque la asociación directa del ciclado con los síntomas fue modesta.

Salir del ciclo: un resultado matizado. Monk, Kanter, et al. (2022) estudiaron a 98 parejas en proceso de separación o divorcio. Haber ciclado antes se asoció con menos síntomas de malestar en las mujeres y con más síntomas en los hombres. Una interpretación posible es que algunas personas sientan alivio al salir de una relación inestable, pero el estudio no permite generalizar: no hay un único efecto de dejar un ciclo.

Lo que estos estudios no dicen. Son sobre todo correlacionales, con muestras principalmente estadounidenses; en el de Dailey et al. (2026), mayoritariamente blancas y heterosexuales. No prueban que las relaciones intermitentes causen depresión. Halpern-Meekin y Turney (2023) examinaron si la salud mental previa explicaba el ciclado, pero la causalidad sigue abierta.

El ciclo desde la terapia de pareja

En consulta suele verse un baile reconocible. Uno busca cercanía y respuesta (reclama, insiste, pide explicaciones); el otro se protege con distancia (se calla, minimiza, se retira). Mientras más se persigue, más se retira el otro. La ruptura es la versión extrema: ante el dolor, alguien «apaga» la relación; ante el vacío, alguien la «enciende» de nuevo. Esta descripción proviene de la práctica clínica, no de los estudios citados.

El reencuentro trae alivio, pero si no se habló del patrón, el ciclo se rearma. Es coherente con la idea de Dailey et al. (2026) de que cada nuevo comienzo arrastra asuntos pendientes. Sobre la comunicación, un metaanálisis examinó si predice la calidad y la disolución posteriores de la relación (Kanter et al., 2022). Y una revisión sistemática encontró que el estrés puede favorecer o inhibir el apoyo entre parejas según el contexto y el diseño de los estudios (Ogan & Monk, 2025). En otras palabras, el estrés no acerca ni aleja por sí solo: depende de cómo lo procesa cada pareja.

El trabajo terapéutico no decide por la pareja si debe seguir o terminar. Ayuda a ver el ciclo que se juega entre ambos, a nombrar las emociones de fondo (miedo al abandono, a la invasión, a no ser suficiente) y a construir otras formas de pedir cercanía y de pausar sin romper. Modelos como EFT, el Método Gottman y la Terapia Conductual Integrativa de Pareja (IBCT) van en esa dirección.

Señales de una relación intermitente: ciclo trabajable o patrón que daña

| Aspecto | Ciclo con potencial de cambio | Patrón que daña |

Estudios previos, citados por Dailey et al. (2026), indican que las parejas cíclicas tienen aproximadamente el doble de probabilidad de vivir abuso psicológico y físico que las no cíclicas. Si en tu relación hay miedo, control o violencia, la prioridad es tu seguridad. En Chile puedes llamar al Fono 1455 del SernamEG (orientación en violencia contra las mujeres); fuera de Chile, busca la línea de ayuda de tu país.

Cómo salir del ciclo

1. Nombra el patrón. Anota cuántas veces han terminado, qué gatilla cada ruptura y qué gatilla cada regreso.

2. Distingue decisión de inercia. Pregúntate si vuelves porque quieres esta relación o porque duele más la ausencia.

3. Acuerda qué será distinto antes de reconciliarte. Una conversación concreta («cuando pase X, haremos Y») vale más que una promesa general.

4. Aprende a pausar sin romper. Un tiempo fuera con hora de retorno protege el vínculo; un ultimátum lo rompe.

5. Cuida tu bienestar individual. Sueño, red de apoyo y atención a síntomas de ansiedad o ánimo bajo.

6. Pide acompañamiento profesional, de pareja o individual, sobre todo si llevan más de dos ciclos o si el desgaste ya te afecta.

Preguntas frecuentes

¿Una relación intermitente significa que no hay amor?

Las relaciones itermitentes indican inestabilidad, no ausencia de apego. La investigación no mide el amor en estos estudios, pero el malestar asociado a las rupturas sugiere que el otro importa, aunque el vínculo no sea seguro.

¿Es normal terminar y volver?

Es común: cerca de dos tercios de los adultos han vivido una relación cíclica (Dailey et al., 2026). Que sea común no la hace inocua, porque se asocia con más estrés relacional.

¿Pueden funcionar las relaciones intermitentes?

Algunas sí, cuando las reconciliaciones incluyen cambios reales. Si cada regreso repite lo mismo, la evidencia sugiere que el estrés se acumula (Dailey et al., 2026).

¿Cuántas rupturas son demasiadas?

No hay un número científico. Los estudios muestran que más ciclos se asocian con más malestar, pero la decisión depende de la seguridad, los cambios y el bienestar de cada persona.

¿Las relaciones intermitentes causan depresión?

Los estudios muestran asociación con más síntomas de depresión y ansiedad, pero no prueban causalidad. Pueden influir otros factores, como el estrés, la historia personal o la calidad de la relación.

¿Sirve la terapia de pareja en relaciones on-off?

Puede ayudar a entender y modificar el ciclo. Los estudios que revisamos aquí son observacionales y no evalúan tratamientos, por lo que conviene un profesional que evalúe cada caso.

¿Cómo sé si debo terminar definitivamente?

No hay una regla única. Son señales de alerta la violencia, el deterioro sostenido de tu bienestar y la ausencia de cambios tras varios intentos. Una evaluación profesional ayuda a decidir con más claridad.

Conclusión

La evidencia reciente no describe una relación intermitente como una relación sin vínculo, sino como una relación inestable, ambigua y a menudo estresante, donde el desgaste tiende a acumularse con cada ciclo. No demuestra causalidad ni dice qué le ocurrirá a tu relación en particular.

La pregunta útil no es «¿hay vínculo?», sino «¿qué cambia cada vez que volvemos y cómo estoy yo en esto?». Si necesitas explorarla acompañado, la terapia de pareja o individual es un espacio posible.

Disclaimer

Este artículo tiene fines informativos y educativos. No constituye diagnóstico, tratamiento ni consejo clínico, y no reemplaza la evaluación de un profesional de la salud mental. Los estudios citados describen asociaciones estadísticas en grupos de personas y no permiten predecir lo que ocurrirá en una relación particular. Las secciones que provienen de la experiencia clínica de la autora están señaladas como tales y no constituyen evidencia empírica. Si estás en una situación de violencia, llama al Fono 1455 (Chile). Si tienes pensamientos de hacerte daño o estás en crisis, comunícate de inmediato con un servicio de emergencia o con la línea de prevención del suicidio de tu país (en Chile, *4141).

Sobre la autora

Herling Sanhueza Yáñez es psicóloga clínica y psicoterapeuta chilena, especialista en terapia de pareja y familia, con más de 20 años de experiencia clínica y trayectoria en hospitales y docencia universitaria. Es Magíster en Psicología Comunitaria por la Universidad de Chile (distinción máxima, 2011), con Postítulo en Terapia Familiar y de Parejas (Instituto Chileno de Terapia Familiar, 2015) y certificación como supervisora MST. Integra EFT, Método Gottman, IBCT, TCC, DBT y Terapia Breve Estratégica desde un enfoque sistémico. Atiende solo online. Más información en herlingsanhueza.cl.

Bibliografía

Dailey, R. M., Vennum, A., & Monk, J. K. (2026). Establishing links between relationship cycling, relational stress, and well-being. Journal of Social and Personal Relationships, 43(2), 594–614. https://doi.org/10.1177/02654075251378864

Halpern-Meekin, S., & Turney, K. (2023). Romantic unions and mental health: The role of relationship churning. Journal of Health and Social Behavior, 64(2), 243–260. https://doi.org/10.1177/00221465221126091

Kanter, J. B., Lavner, J. A., Lannin, D. G., Hilgard, J., & Monk, J. K. (2022). Does couple communication predict later relationship quality and dissolution? A meta-analysis. Journal of Marriage and Family, 84(2), 533–551. https://doi.org/10.1111/jomf.12804

Machia, L. V., Niehuis, S., & Joel, S. (2023). Breaking up is hard to study: A review of two decades of dissolution research. Personal Relationships, 30, 113–143. https://doi.org/10.1111/pere.12437

Monk, J. K., Kanter, J. B., & Ogan, M. A. (2022). Prior on-off relationship instability and distress in the separation and divorce transition. Family Process, 61(1), 246–258. https://doi.org/10.1111/famp.12653

Monk, J. K., Ogolsky, B. G., & Maniotes, C. (2022). On–off relationship instability and distress over time in same- and different-sex relationships. Family Relations, 71(2), 630–643. https://doi.org/10.1111/fare.12614

Ogan, M. A., & Monk, J. K. (2025). Does stress promote or inhibit romantic partner support? A systematic review of competing hypotheses. Journal of Family Theory & Review, 17(3), 742–773. https://doi.org/10.1111/jftr.12633

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