Tabla de contenidos

  1. Introduccion

  2. Violencia de pareja y depresión: ¿qué ocurre con la percepción de control?

  3. El vínculo entre indefensión aprendida y depresión

  4. Violencia de pareja y depresión: un círculo que puede reforzarse

  5. Para qué sirve saber esto

  6. Referencias

Introduccion

La pregunta que aparece casi siempre cuando alguien cuenta un caso de violencia de pareja y depresión asociada es la misma: ¿por qué no se va? Parece razonable. Pero parte de un supuesto que la psicología lleva décadas cuestionando: que la persona percibe que puede irse y que, además, salir depende solo de decidirlo. En una relación marcada por la violencia pueden intervenir miedo, dependencia económica, aislamiento, amenazas, vínculos afectivos, hijos, falta de redes y una progresiva pérdida de confianza en la propia capacidad de modificar lo que ocurre. A veces no es que la persona no quiera salir. Puede ocurrir que haya dejado de creer que sus acciones tengan algún efecto o que una salida permita realmente cambiar el curso de su vida.

Soy Oscar Fierro, psicólogo clínico y psicoanalista de Enmente. Quiero detenerme en dos conceptos que el psicólogo clínico y divulgador científico franco-libanés Albert Moukheiber trabaja en su libro Cómo te engaña tu mente (Alianza, 2025): el locus de control y la indefensión aprendida. No explican por sí solos la permanencia en una relación violenta. Hay condiciones económicas, afectivas, sociales y culturales, formas concretas de coerción y riesgos reales que estos conceptos no alcanzan a describir. Pero permiten observar algo más acotado: qué puede ocurrir con la percepción de control después de una exposición prolongada a situaciones en las que actuar parece no modificar nada.

Violencia de pareja y depresión: ¿qué ocurre con la percepción de control?

El locus de control es, en pocas palabras, la respuesta interna a la pregunta “¿depende esto de mí?”. Quien tiene un locus interno (LCI) tiende a creer que sus acciones cambian las cosas; quien tiene un locus externo (LCE) atribuye en mayor medida lo que le pasa a la suerte, a los demás o a circunstancias que están fuera de su alcance. Ninguno de los dos es correcto en abstracto: ambos capturan algo real sobre el mundo. Lo relevante es cuánto control creemos tener en una situación determinada y qué hacemos a partir de esa percepción.

Moukheiber lo ilustra con algo tan cotidiano como un despido: la persona con LCI puede atribuirse excesivamente la responsabilidad por lo ocurrido y experimentar más ansiedad, mientras que quien tiene LCE puede relativizar su responsabilidad y recuperarse antes. En una relación marcada por la violencia, el problema adquiere otra dimensión. Cuando una persona intenta anticiparse, evitar el conflicto, pedir ayuda, defenderse o modificar su conducta y, aun así, la violencia continúa, puede ir debilitándose la expectativa de que sus propias acciones producirán un resultado distinto.

Locus interno y locus externo

Moukheiber lo ilustra con algo tan cotidiano como un despido. Una persona con un locus muy interno puede atribuirse excesivamente la responsabilidad por lo ocurrido y experimentar más ansiedad; otra con un locus más externo puede relativizar su responsabilidad y recuperarse antes. El punto no es que uno sea “bueno” y el otro “malo”, sino que la forma en que interpretamos el control disponible influye en cómo reaccionamos.

En una relación atravesada por la violencia, esta cuestión adquiere otra dimensión. Una persona puede intentar anticiparse, evitar discusiones, modificar su conducta, pedir ayuda, defenderse o buscar momentos seguros para poner límites. Si la violencia continúa a pesar de esos intentos, puede debilitarse la expectativa de que hacer algo produzca un resultado distinto. No es una conclusión irracional: muchas veces se ha construido a partir de experiencias repetidas en las que efectivamente hubo poco control.

Por eso conviene distinguir entre la posibilidad objetiva de actuar y la posibilidad subjetiva de imaginar que actuar servirá. Tener una puerta de salida no significa necesariamente poder verla como salida en ese momento.

Qué significa indefensión aprendida

Ese problema de la percepción de control está en el origen de lo que se llamó indefensión aprendida. En los experimentos de Hiroto y Seligman (1975), participantes expuestos a situaciones aversivas que no podían controlar mostraron después dificultades para responder incluso cuando se encontraban en una situación diferente en la que sí podían hacerlo. El hallazgo fue interpretado originalmente como un aprendizaje acerca de la inutilidad de la propia acción.

Moukheiber resume el fenómeno como “la incapacidad de un organismo de escapar de una situación aversiva aun teniendo la posibilidad de hacerlo” (2025, p. 94). La formulación es fuerte porque obliga a separar lo que un observador ve desde fuera de lo que la persona ha aprendido a esperar. Desde afuera puede parecer evidente que “hay que irse”. Desde dentro, después de múltiples intentos fallidos, la expectativa puede ser otra: haga lo que haga, nada cambia.

El vínculo entre indefensión aprendida y depresión

La relación con la depresión tiene su propia historia. Miller y Seligman (1975) observaron semejanzas entre algunos déficits producidos experimentalmente por la incontrolabilidad y ciertos patrones presentes en personas deprimidas. Poco después, Abramson, Seligman y Teasdale (1978) reformularon el modelo. La experiencia de incontrolabilidad no bastaba: había que considerar también cómo la persona explicaba lo sucedido.

Cuando la falta de control se atribuye a causas internas (“el problema soy yo”), estables (“esto no va a cambiar”) y globales (“me ocurre en todos los ámbitos”), sus efectos pueden extenderse más en el tiempo y afectar la autoestima. Esa combinación ayuda a comprender por qué ciertas experiencias repetidas terminan organizándose como una expectativa general sobre uno mismo y sobre el futuro.

La reformulación recibió críticas desde el comienzo. Wortman y Dintzer (1978), en el mismo número de Journal of Abnormal Psychology, cuestionaron, entre otras cosas, su capacidad para predecir qué atribuciones hará una persona y advirtieron el riesgo de circularidad del modelo. La teoría, por tanto, nunca quedó cerrada. Sigue siendo una herramienta para pensar ciertos fenómenos, no una ley general del comportamiento.

Violencia de pareja y depresión: un círculo que puede reforzarse

Bargai, Ben-Shakhar y Shalev (2007) estudiaron a 101 mujeres que vivían en refugios después de una exposición prolongada a violencia de pareja. Encontraron que la indefensión aprendida podía contribuir a explicar estadísticamente la relación entre la exposición a la violencia y síntomas de depresión y estrés postraumático. Eso no significa que hayan demostrado que la indefensión sea la causa de que una mujer permanezca junto a una pareja violenta. El estudio observa una relación entre variables psicológicas dentro de una situación mucho más amplia.

Disonancia cognitiva, culpa y explicaciones que alivian

Moukheiber recurre también al concepto de disonancia cognitiva, que define como la “sensación de incomodidad mental que experimentamos cuando albergamos pensamientos u opiniones que están en contradicción con nuestro comportamiento” (Moukheiber, 2025, p. 160).

En una relación violenta puede aparecer una contradicción difícil de soportar: alguien a quien se ama, de quien se depende o con quien se ha construido una vida produce, al mismo tiempo, miedo y daño. Las explicaciones que se elaboran para volver comprensible esa situación pueden reducir momentáneamente la contradicción: “quizá fue culpa mía”, “no volverá a ocurrir”, “en el fondo me quiere”, “si yo hago las cosas de otra manera, esto va a cambiar”.

Estas explicaciones no vuelven responsable a la víctima de la violencia. Tampoco significan que todas las personas reaccionen de la misma manera. Describen una posible forma de organizar psicológicamente una experiencia que resulta difícil de integrar y que, en algunos casos, puede ir acompañada de culpa, pérdida de autoestima, retraimiento y síntomas depresivos.

De hecho, Palker-Corell y Marcus (2004) encontraron que el estilo atribucional contribuía a predecir síntomas depresivos y traumáticos, pero no hallaron evidencia de que las mujeres que habían sufrido violencia presentaran, por ese solo hecho, un estilo atribucional más indefenso que otras mujeres. La violencia no produce automáticamente una determinada psicología. Hay diferencias personales, historias previas, condiciones materiales, vínculos, redes de apoyo y posibilidades reales de salida.

Cincuenta años después: ¿qué es lo que se aprende?

En 2016, Steven Maier y Martin Seligman revisaron medio siglo de investigación sobre indefensión aprendida a partir de la neurociencia y sostuvieron que la formulación inicial había entendido al revés una parte del mecanismo. Según esta revisión, la pasividad frente a una situación aversiva prolongada no sería propiamente la respuesta aprendida. Lo que el organismo aprende es que puede ejercer control.

La diferencia no es menor. La experiencia de control puede inhibir respuestas pasivas y, además, influir sobre la expectativa de poder afrontar futuras situaciones adversas. Maier y Seligman relacionan este aprendizaje del control con circuitos en los que intervienen la corteza prefrontal medial y el núcleo dorsal del rafe. Su planteamiento procede principalmente de investigación experimental y animal, por lo que trasladarlo directamente a la violencia de pareja exige cautela.

Sin embargo, clínicamente abre una pregunta fértil. Tal vez no baste con preguntarse cómo se instaló la pasividad. También hay que preguntarse qué experiencias concretas permiten reconstruir la sensación de que una acción propia puede tener consecuencias y que el futuro no está completamente decidido.

Una salida no depende solo de la voluntad

Hablar de percepción de control no significa reducir el problema a una creencia individual. En algunos casos, la persona sabe perfectamente que quiere salir, pero enfrenta amenazas, control económico, vigilancia, aislamiento, miedo por sus hijos o falta de un lugar seguro al cual ir. La ausencia de una salida inmediata puede responder a un cálculo de riesgo y no a una dificultad psicológica.

También puede ocurrir que haya habido intentos anteriores: separaciones breves, denuncias, búsqueda de ayuda o conversaciones con familiares que no produjeron protección suficiente. Esas experiencias importan. Una respuesta terapéutica que simplemente insista en que la persona “tiene que irse” corre el riesgo de repetir la misma lógica que se intenta cuestionar: decirle desde afuera qué debería poder hacer sin comprender las condiciones concretas en que debe hacerlo.

Por eso, cuando existe violencia activa, la seguridad es prioritaria. La sección de Familia y Pareja de Enmente señala que la terapia de pareja no es el primer recurso en estos casos y que primero deben evaluarse y activar recursos específicos de protección. En Chile, ChileAtiende reúne canales oficiales de orientación y denuncia para personas que viven o presencian violencia contra las mujeres.

Para qué sirve saber esto

La psicología cognitiva y experimental ofrece una parte de la explicación. El psicoanálisis, los enfoques feministas y sistémicos, las investigaciones sobre trauma, y el estudio de las condiciones económicas y sociales permiten formular otras preguntas que este modelo no responde. No necesitamos convertirlas en perspectivas rivales para reconocer que hablan de dimensiones diferentes de un mismo problema.

El valor clínico de estos conceptos está en cambiar el punto desde donde se formula la pregunta. En vez de quedarse únicamente con “¿por qué no se va?”, podemos preguntar: ¿qué tendría que cambiar para que esta persona vuelva a experimentar que una acción suya puede producir una diferencia? ¿Qué necesita para poder imaginar una salida como algo posible y suficientemente seguro?

Recuperar esa posibilidad no consiste simplemente en “decidir irse”. A veces requiere protección efectiva, recursos económicos, asesoría jurídica, una red de personas cercanas, apoyo comunitario y un trabajo psicoterapéutico capaz de acompañar la recuperación de la confianza en la propia capacidad de actuar. Cuando además aparecen síntomas persistentes de depresión, ansiedad o estrés postraumático, una evaluación clínica puede ayudar a distinguir qué está ocurriendo y qué tipo de apoyo resulta más adecuado.

Tal vez allí la palabra esperanza deje de ser solamente una consigna. Puede empezar a significar algo muy concreto: que el futuro no está completamente decidido y que, con apoyo y condiciones reales de seguridad, volver a actuar puede empezar a sentirse posible.

Referencias

Hiroto, D. S., & Seligman, M. E. P. (1975). Generality of learned helplessness in man. Journal of Personality and Social Psychology, 31(2), 311–327.

Miller, W. R., & Seligman, M. E. P. (1975). Depression and learned helplessness in man. Journal of Abnormal Psychology, 84(3), 228–238.

Abramson, L. Y., Seligman, M. E. P., & Teasdale, J. D. (1978). Learned helplessness in humans: Critique and reformulation. Journal of Abnormal Psychology, 87(1), 49–74.

Wortman, C. B., & Dintzer, L. (1978). Is an attributional analysis of the learned helplessness phenomenon viable? A critique of the Abramson-Seligman-Teasdale reformulation. Journal of Abnormal Psychology, 87(1), 75–90.

Bargai, N., Ben-Shakhar, G., & Shalev, A. Y. (2007). Posttraumatic stress disorder and depression in battered women: The mediating role of learned helplessness. Journal of Family Violence, 22(5), 267–275.

Palker-Corell, A., & Marcus, D. K. (2004). Partner abuse, learned helplessness, and trauma symptoms. Journal of Social and Clinical Psychology, 23(4), 445–462.

Maier, S. F., & Seligman, M. E. P. (2016). Learned helplessness at fifty: Insights from neuroscience. Psychological Review, 123(4), 349–367.

Moukheiber, A. (2025). Cómo te engaña tu mente (M. Paredes Larrucea, Trad.). Alianza Editorial.

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