La pandemia por COVID-19 no fue solo una crisis sanitaria: fue también una sacudida profunda al equilibrio emocional de millones de personas en Chile y el mundo. El aislamiento social, el miedo al contagio, la pérdida de seres queridos, la incertidumbre económica y la interrupción abrupta de rutinas cotidianas generaron un escenario sin precedentes para la salud mental. En 2022, mientras el país comenzaba a transitar hacia una nueva normalidad, los efectos psicológicos de la pandemia seguían siendo visibles, y los profesionales de la salud mental enfrentaban el desafío de atender una demanda que había crecido exponencialmente. Esta entrevista recoge reflexiones clave sobre lo que vivimos, lo que aprendimos y hacia dónde vamos en materia de bienestar psicológico.

El impacto psicológico de la pandemia en Chile

Cuando llegó el COVID-19, Chile ya cargaba con una mochila pesada: el estallido social de octubre de 2019 había dejado heridas abiertas, y una parte importante de la población llegó a la pandemia con altos niveles de estrés, incertidumbre y malestar institucional. En ese contexto, las medidas de confinamiento, los toques de queda y el cierre de colegios y lugares de trabajo amplificaron lo que ya existía.

Según datos del Ministerio de Salud y distintos estudios realizados en 2020 y 2021, la prevalencia de síntomas ansiosos y depresivos en la población chilena aumentó significativamente durante los primeros meses de pandemia. La incertidumbre respecto al futuro, el duelo por personas fallecidas sin posibilidad de despedida presencial, y el peso del encierro prolongado fueron factores que empujaron a muchas personas a buscar ayuda psicológica por primera vez en su vida.

Este fenómeno no fue menor: la pandemia funcionó como un catalizador para que muchas personas reconocieran que necesitaban apoyo emocional, rompiendo en parte con el estigma histórico que rodea la consulta a salud mental en Chile.

Grupos más vulnerables: adultos mayores, niños y parejas

Aunque nadie fue inmune al impacto psicológico de la pandemia, algunos grupos experimentaron consecuencias especialmente severas. Identificar esas particularidades fue clave para orientar los recursos disponibles y diseñar intervenciones más efectivas.

Adultos mayores y el aislamiento extremo

Para los adultos mayores, la pandemia significó un aislamiento casi total. Las medidas de resguardo, necesarias por la mayor vulnerabilidad biológica de este grupo, se tradujeron en meses de confinamiento estricto, lejos de familias y redes de apoyo. La soledad, que ya era un problema creciente antes del COVID-19, se agudizó dramáticamente. Muchos adultos mayores enfrentaron el deterioro cognitivo acelerado, estados depresivos profundos y una sensación de abandono que dejó huellas duraderas.

En este grupo etario, la adaptación a la telemedicina también fue más difícil, lo que generó una brecha de acceso adicional que los equipos de salud tuvieron que trabajar activamente para reducir.

Niños, niñas y adolescentes: la generación confinada

El cierre prolongado de colegios afectó profundamente el desarrollo social, emocional y académico de la infancia y la adolescencia. Los niños y jóvenes perdieron el espacio escolar como lugar de socialización, contención y rutina estructurada. Las consultas de salud mental por síntomas depresivos y ansiosos en el grupo infanto-juvenil aumentaron de manera sostenida, y en muchos casos fue en el entorno familiar donde se identificaron las primeras señales de alarma.

Los adolescentes, en particular, sufrieron el impacto de la interrupción de vínculos con pares en un período de desarrollo crítico para la identidad. La hiperconectividad digital que reemplazó las relaciones presenciales trajo sus propias complicaciones: aumento del uso problemático de pantallas, trastornos del sueño y mayor exposición a contenido que potenciaba la angustia.

Las parejas bajo el mismo techo

El confinamiento prolongado puso a prueba los vínculos de pareja. Convivir las 24 horas del día, muchas veces en espacios reducidos, mientras se navegaban crisis económicas, incertidumbre laboral y el cuidado simultáneo de hijos y adultos mayores, generó tensiones que en muchos casos derivaron en conflictos de pareja, crisis relacionales e incluso separaciones. En contraste, algunas parejas encontraron en la pandemia una oportunidad para reconectar y replantear su proyecto común.

Ansiedad y depresión: las consultas que más crecieron

Entre los motivos de consulta que más aumentaron durante y después de la pandemia, la ansiedad y el estrés encabezaron la lista con claridad. El miedo al contagio, la angustia frente a la incertidumbre y la sensación de pérdida de control sobre el propio futuro se convirtieron en síntomas cotidianos para una proporción enorme de la población.

La depresión también mostró un incremento notable, especialmente en personas que ya tenían factores de vulnerabilidad preexistentes: antecedentes de episodios depresivos, falta de red de apoyo social, situaciones de precariedad económica o experiencias de duelo complicado. El duelo, de hecho, fue uno de los fenómenos clínicos más complejos del período: millones de personas perdieron seres queridos en circunstancias donde los rituales habituales de despedida —velorios, funerales, presencia física— estaban prohibidos o gravemente limitados.

Otros cuadros que mostraron aumento fueron los trastornos del sueño, el consumo problemático de alcohol y otras sustancias, y los episodios de violencia intrafamiliar, que en muchos casos quedaron invisibilizados por el confinamiento.

El rol de la telemedicina en la crisis

Si hay algo positivo que emergió de la pandemia en el ámbito de la salud mental, fue la aceleración masiva de la telemedicina. Lo que antes era una alternativa marginal o percibida con escepticismo por muchos profesionales y pacientes, se transformó en pocos meses en la forma dominante de atención psicológica en Chile y el mundo.

La terapia en línea demostró ser una herramienta eficaz para mantener la continuidad de los procesos terapéuticos, iniciar nuevos tratamientos y llegar a personas que, por razones geográficas, económicas o de movilidad, nunca habían tenido acceso real a la atención psicológica. El auge de plataformas como Enmente en Chile respondió precisamente a esa necesidad: conectar a personas con profesionales de salud mental calificados, de manera accesible y desde cualquier lugar.

Ventajas que la pandemia puso en evidencia

Entre las ventajas que la telemedicina mostró con mayor claridad durante este período destacan la eliminación de barreras geográficas —especialmente relevante para personas en regiones donde la oferta de especialistas es escasa—, la mayor flexibilidad horaria que facilita la adherencia al tratamiento, y la reducción del estigma asociado a acudir presencialmente a una consulta de salud mental. Muchas personas encontraron que conectarse desde su hogar les daba una sensación de mayor seguridad y privacidad para hablar de temas sensibles.

También resultó fundamental para dar continuidad a tratamientos ya iniciados, evitando las recaídas que podrían haber derivado de interrupciones abruptas. Los mitos sobre la psicoterapia en línea fueron cayendo a medida que pacientes y terapeutas comprobaban que el vínculo terapéutico podía construirse y mantenerse también en la virtualidad.

Desafíos y limitaciones reconocidas

Sin embargo, la telemedicina también mostró sus límites. La brecha digital excluía a adultos mayores sin manejo de tecnología, a personas en situación de pobreza sin acceso a internet estable, y a quienes vivían en contextos de violencia donde la privacidad en el hogar era imposible. Además, ciertas intervenciones clínicas —especialmente en crisis agudas o con pacientes con psicosis— requerían presencialidad para garantizar la seguridad. El desafío para el sistema de salud fue aprender a combinar modalidades, usando la telemedicina donde agrega valor real sin abandonar la atención presencial donde es irreemplazable.

Barreras de acceso a la atención psicológica

La pandemia evidenció con brutal claridad las desigualdades estructurales del sistema de salud mental en Chile. La demanda por atención psicológica se disparó justo cuando el sistema público estaba siendo absorbido por la emergencia sanitaria, y el sistema privado era económicamente inaccesible para una parte mayoritaria de la población.

El costo de una sesión de psicoterapia en el sector privado siguió siendo una barrera real para familias de ingresos medios y bajos. Si bien la telemedicina redujo algunos costos operacionales, no siempre se tradujo en precios más accesibles para los usuarios. La lista de espera en el sector público se alargó aún más, generando una paradoja cruel: la necesidad aumentaba mientras la capacidad de respuesta del sistema permanecía igual o más limitada.

En este contexto, iniciativas que integran la cobertura Fonasa con plataformas de salud mental en línea —como la que ofrece Enmente con un descuento del 10% para pacientes Fonasa— representan un avance concreto hacia la democratización del acceso a la salud mental.

Construyendo nuevas normalidades emocionales

El concepto de "nueva normalidad" fue quizás uno de los más usados —y también de los más controvertidos— durante y después de la pandemia. Desde el punto de vista de la salud mental, la construcción de una nueva normalidad emocional implicó mucho más que retomar actividades suspendidas: significó integrar la experiencia vivida, resignificar las pérdidas y adaptar las expectativas a una realidad que había cambiado de manera irreversible.

Muchas personas salieron de la pandemia con una conciencia renovada sobre lo que verdaderamente les importa, con vínculos más selectivos pero más profundos, y con una mayor capacidad para tolerar la incertidumbre. Otros, en cambio, salieron con heridas que requirieron —y siguen requiriendo— acompañamiento profesional para ser procesadas.

El regreso a la presencialidad laboral y escolar, lejos de ser un alivio automático, generó en muchas personas lo que los especialistas llamaron "ansiedad de reincorporación": el miedo al contagio en espacios públicos, la dificultad para retomar el ritmo social previo o la sensación de haber cambiado tanto que el mundo exterior ya no encajaba con la persona que uno había llegado a ser durante el encierro.

La salud mental de los propios profesionales

Un aspecto que recibió menos atención pública, pero que los equipos de salud vivieron con intensidad, fue el agotamiento y el impacto emocional sobre los propios profesionales. Psicólogos y psiquiatras enfrentaron un aumento brusco de la demanda, muchas veces sin el soporte institucional adecuado, mientras simultáneamente procesaban sus propias vivencias de la pandemia.

El síndrome de burnout, la fatiga por compasión y la sensación de impotencia frente a una demanda que superaba la capacidad instalada fueron fenómenos frecuentes en los equipos de salud mental durante este período. La supervisión clínica, el trabajo en equipo y los espacios de autocuidado se volvieron más importantes que nunca, aunque no siempre estuvieron disponibles.

Este aprendizaje llevó a muchas instituciones y plataformas a reforzar los sistemas de contención para sus propios profesionales, reconociendo que la calidad de la atención que un terapeuta puede ofrecer está directamente relacionada con su propio bienestar emocional.

Aprendizajes que dejó la pandemia

Más allá del dolor y la crisis, la pandemia dejó aprendizajes valiosos que el campo de la salud mental en Chile no debería desperdiciar. El primero y más evidente es que la salud mental es parte indisociable de la salud general: no puede seguir siendo tratada como un servicio de segunda categoría, con menor financiamiento, menor cobertura y mayor estigma que otras áreas de la medicina.

El segundo gran aprendizaje es que la tecnología, bien utilizada, puede ampliar significativamente el acceso a la atención psicológica. La terapia basada en el habla no pierde su esencia cuando se realiza en formato digital: lo que cambia es el medio, no la profundidad del proceso terapéutico. Esto abre posibilidades enormes para llegar a poblaciones históricamente excluidas del sistema.

El tercer aprendizaje apunta a la importancia de los sistemas de detección temprana y la psicoeducación masiva. La pandemia mostró que una parte importante de la población no sabía reconocer sus propios síntomas de malestar ni cuándo buscar ayuda. Invertir en alfabetización emocional desde la infancia y en campañas de destigmatización sostenidas es una deuda pendiente del sistema de salud chileno.

Finalmente, la pandemia reafirmó el valor de los vínculos humanos como factor protector fundamental. Las personas con redes de apoyo sólidas, con relaciones de confianza y con sentido de comunidad atravesaron la crisis con mayor resiliencia. Fortalecer esos vínculos, dentro y fuera del espacio terapéutico, es una de las tareas más importantes que el sistema de salud mental puede emprender.

Hacia el futuro: salud mental en Chile post-pandemia

Cuando se mira hacia adelante, el panorama de la salud mental en Chile post-pandemia es a la vez desafiante y esperanzador. Los desafíos son conocidos: la demanda insatisfecha sigue siendo enorme, la brecha entre necesidad y oferta de profesionales persiste, y el estigma, aunque reducido, no ha desaparecido. El impacto diferido de la pandemia —aquello que no se procesó en el momento y que comenzará a emerger en los próximos años— es una preocupación real para los especialistas.

Pero también hay razones para el optimismo. La pandemia instaló la salud mental en la agenda pública de una manera que no tiene precedentes en Chile. El debate sobre la necesidad de más recursos, más profesionales y mejores políticas públicas ganó visibilidad y legitimidad. En el contexto latinoamericano, Chile tiene la oportunidad de posicionarse como un referente en el desarrollo de modelos híbridos de atención que combinen lo presencial y lo digital de manera inteligente.

Para las personas que hoy se preguntan si es momento de buscar ayuda profesional, la respuesta es sí, siempre es el momento adecuado. Encontrar al terapeuta adecuado es más accesible que nunca, y el primer paso —que suele ser el más difícil— es reconocer que el bienestar emocional merece la misma atención y cuidado que cualquier otra dimensión de la salud.

Preguntas frecuentes

¿Cuáles fueron los principales efectos psicológicos de la pandemia en Chile?

La pandemia por COVID-19 provocó un aumento significativo en los síntomas de ansiedad, depresión, trastornos del sueño y consumo problemático de sustancias en la población chilena. El aislamiento social, el duelo no elaborado, la incertidumbre económica y el miedo al contagio fueron los principales factores que impactaron el bienestar emocional de adultos, adultos mayores, niños y adolescentes. Estudios realizados en 2020 y 2021 documentaron que una proporción importante de la población presentó síntomas clínicamente relevantes que en muchos casos motivaron la búsqueda de ayuda profesional por primera vez.

¿Cómo ayudó la telemedicina en la atención de salud mental durante la pandemia?

La telemedicina fue fundamental para mantener y ampliar el acceso a la atención psicológica durante el confinamiento. Permitió dar continuidad a los tratamientos existentes, iniciar nuevos procesos terapéuticos y llegar a personas en regiones con escasa oferta de especialistas. Las plataformas de terapia en línea como Enmente experimentaron un crecimiento importante en este período, demostrando que el vínculo terapéutico puede construirse eficazmente en formato digital y que los beneficios de la psicoterapia no están limitados a la presencialidad.

¿Qué grupos fueron más afectados psicológicamente por la pandemia?

Los adultos mayores sufrieron el aislamiento más extremo y experimentaron deterioro cognitivo y cuadros depresivos con mayor frecuencia. Los niños y adolescentes vieron interrumpida su socialización en períodos críticos del desarrollo, con aumento de ansiedad y trastornos del ánimo. Las parejas enfrentaron tensiones por la convivencia prolongada en espacios reducidos. Quienes ya tenían antecedentes de problemas de salud mental previos a la pandemia también experimentaron recaídas o agravamientos de sus cuadros con mayor frecuencia que la población general.

¿Qué aprendizajes dejó la pandemia para el sistema de salud mental en Chile?

La pandemia reafirmó que la salud mental es parte esencial de la salud integral y no puede seguir siendo tratada como un servicio secundario. Demostró el potencial de la tecnología para ampliar el acceso a la atención psicológica. Puso en evidencia las desigualdades estructurales del sistema, la importancia de la detección temprana y la psicoeducación, y el valor protector de los vínculos sociales y comunitarios. También evidenció la necesidad de cuidar la salud mental de los propios profesionales de la salud, quienes enfrentaron cargas de trabajo y estrés sin precedentes.

¿Sigue siendo relevante hablar de los efectos de la pandemia en la salud mental en 2022 y más allá?

Absolutamente sí. Muchos de los efectos psicológicos de la pandemia tienen un impacto diferido: el duelo no elaborado, el estrés sostenido y las dificultades de adaptación a la nueva normalidad siguen emergiendo en consulta años después del período más crítico. La salud mental en el contexto post-pandémico sigue siendo una prioridad clínica y de salud pública. Reconocer estas secuelas y buscar acompañamiento profesional a tiempo es clave para evitar que el malestar se cronifique y afecte de manera duradera la calidad de vida de las personas y sus familias.